A vuela pluma

Teoría y práctica de Bilbao

A la memoria de José Milicua. La zancada más elegante de Vizcaya en los años 40

7 min
Vista del Museo Guggenheim y de la Torre Iberdrola de Bilbao / CG

Si hay algún rincón de este planeta que, con toda propiedad, puede utilizar el término "reinventarse" este es, sin lugar a dudas, Bilbao. Allí no se ha producido un cambio, ni una reforma, ni siquiera una transformación. Aquella ciudad tono oscuro envuelta entre humaredas, apenas entrevista, serpenteada por un agua de un color impreciso, cuya máxima alimenticia consistía en una cazuelita repleta de aceite hirviendo en dónde unas angulas chisporroteaban para después arrasar sin contemplaciones el paladar del consumidor, forma ya parte de un pasado irreconocible en el Bilbao actual.

Andaba este escribidor sumido en estos y otros pensamientos parejos tras haber sido plácidamente depositado en la capital tras el vuelo de Vueling que parte de Barcelona a las 7 de la mañana. Un pincho de tortilla de bacalao, con patata y alioli le transportó a la realidad de unos andares apresurados de los transeúntes que acudían al trabajo. La silueta omnipresente del Guggenheim semeja un enorme cetáceo barrado en la ría, un nudo metálico que se retuerce sobre sí mismo y a quien los rayos tibios del sol otoñal sacan brillo y conforman un juego de claro oscuros que va transformándose como un mosaico a medida que se va circunvalando aquel monstruo marino anclado junto a la ría, aquel pecio de modernidad.

Para los amantes del arte

Aquella informe masa metálica desparramada contrasta con la verticalidad de la Torre Iberdrola, el triángulo isósceles con las puntas ligeramente curvadas, a modo de obelisco de cristal y aspecto de mascarón de barco. La rotundidad de su alzado le confiere un porte de rascacielos, contrastado con la suavidad de la fachada que le da un aire liviano, casi etéreo, y ese color verde azulado que igual retoma la naturaleza circundante a la ciudad, que se divisa con solo levantar la mirada, como el mar que se presiente cercano.

Más allá del Guggenheim hay vida. Bien vale una visita, por ejemplo, el Museo de Bellas Artes, un recaudo de obras maestras de Goya a Zurbarán, de Ribera a El Greco, amén de las exposiciones de artistas vascos contemporáneos. Como tampoco los amantes de la ópera debieran dejar escapar la ocasión para acudir a alguna de las representaciones que, con meritoria dedicación, organiza la Asociación de los Amigos de la Ópera de Bilbao (ABAO); ni los de la música clásica, los conciertos de la Orquesta Sinfónica de Euskadi en el Palacio Euskalduna.

Bilbao es una ciudad que se siente querida por sus habitantes. No es, a Dios gracias, ningún parque temático para turistas ni estos la han desbordado, arrasando con todo. Es todavía un espacio concebido a escala humana, vivido antes que sufrido. No hay pintadas en las paredes, ni papeles en el suelo, y la jardinería pública conserva su ornato. La modernidad se arraiga en la tradición, que no el tradicionalismo, de tal forma que es un continuo sin fisuras, ni cortes, ni cambios bruscos. Pasear por la Gran Via es recorrer con la mirada edificios que refieren a un mundo sólido, sin alardes, pero de un gran señorío, sin estridencias.

Alta cocina

Uno puede llegar prácticamente caminando a casi todas partes y, si no, queda el recurso de utilizar el metro diseñado por sir Norman Foster con ese aspecto de caverna que da paso al centro de la tierra y su estricta funcionalidad que le ha concedido a Bilbao una nueva condición metropolitana. El casco viejo es un dédalo de calles apretujadas donde ondea a todo trapo la bandera del Athletic, y en las tiendas de recuerdos no aparecen ni trajes de faralaes ni sombreros mexicanos. Aún quedan sitios en donde uno puede comprarse una chapela. Hay una variada oferta de establecimientos en dónde ya caen los primeros chiquitos del mediodía y asoman en las barras enjambres de sofisticados pinchos, que desafían a la imaginación gastronómica más desbordante. Aquí son recién hechos, cantados de viva voz ante la concurrencia, y no esos cadáveres que yacen sobre los mostradores de otros lugares que quieren imitar aquello que es inimitable.

Bordeando la ría a paso lento, uno se cruza con caminantes de todas las edades, corredores al esprint y ciclistas que sorprendentemente saben circular en bicicleta. Deja atrás el edificio del ayuntamiento y hasta el de la Universidad de Deusto muestra arquitectura recia antes de cruzar de nuevo la ría e ir a parar al Palacio Euskalduna.

No resulta exagerado afirmar que en Bilbao lo que realmente resulta difícil es comer mal. Si se quiere ir de alto copete la ciudad cuenta con un tres estrellas Michelin, Azurmendi, a diez minutos, otros cinco con el preciado “macarrón” de la guía de neumáticos. Frente a la creatividad de esa cocina siempre nos quedará la alternativa de toda la vida del corte de carne o el bacalao hecho de mil formas diferentes con el aroma inconfundible de chacolí.

Aparecen las primeras señoras de la tarde envueltas en sus abrigos de pieles. El caminante va camino de las cafeterías dispuestas a dar cuenta de los primeros cafés con leche, los dimes y diretes, a platicar y a cumplir con el rito de la merienda. Quizás con la sobremesa hecha sea ya hora de despedirse de Bilbao. Aunque de Bilbao uno no acaba de irse nunca porque siempre guardamos el recuerdo. 

¡Hasta el próximo vuelo!

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