Cristóbal Montoro, el exterminador de la clase media

El Ministro estudió gracias a prácticas empresariales ahora inviables por su obsesión recaudatoria

El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, durante un pleno del Congreso / EFE

El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, durante un pleno del Congreso / EFE

El Ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, no pasa por su mejor momento. Dos duros golpes el mismo día. Por un lado la admisión a trámite de la querella de Anticorrupción contra su antiguo despacho, y por otro lado, la reprobación como Ministro por parte del Congreso de los Diputados.

El origen de Montoro

El Ministro siempre resalta su origen humilde. Proviene de una familia del interior de Jaén emigrada a Madrid. Allí comenzó sus estudios en la Universidad. Licenciado en los últimos albores del franquismo, en 1973. Años más tarde obtuvo el doctorado, y a los 49 años la cátedra de Hacienda Pública en la Universidad de Cantabria.

Su vida ha estado ligada siempre a los estudios económicos. No en vano uno de sus primeros trabajos fue como subdirector de estudios en el Banco Atlántico. Ligado posteriormente a instituciones como la CEOE, no se le conoce haber pagado jamás una nómina. Algo bastante sorprendente para quien debe gestionar la política económica de un país. Es aquello que se dice un teórico puro y duro.

El miedo y la fama compleja de Montoro

El Ministro, con un pasado universitario como hemos visto nada fastuoso, tiene una fama de vengativo con aquellos que osan intentar explicar su poder. Las diversas broncas en el pasado con colectivos varios han creado sobre él una estética más de miedo que de poder. La mano larga de Hacienda siempre puede extenderse desde su despacho.

En todo caso son hechos puntuales por los que no pasará a la historia. Otra cosa es el desmantelamiento de la clase media producida por sus medidas. Su anacrónica forma de entender la sociedad como un ente de pasado, ha eliminado cualquier opción de supervivencia para muchos empresarios en España. Obsesionado con el día a día, olvida que la función del político en economía es planificar la economía del futuro. Como buen teórico, desconoce la evolución mínima de una sociedad real, e impone medidas que bien podrían haber surgido del antiguo régimen feudal de un reino cualquiera de la Edad Media. La modernidad no es la palabra favorita de Montoro.

Y eso en un mundo cambiante, donde los empresarios, los creadores de empleo, deben ser mimados hasta la saciedad, no es la mejor carta de presentación. Con el Ministro Montoro los grandes números económicos funcionan gracias a su labor de protección de las grandes empresas. Las pymes, el motor del país, y el germen de la clase media incipiente desde la llegada de la democracia han sido aplastadas con medidas, en la mayoría de casos destinadas a mantener un status, más desde el miedo como exterminador que como Ministro.

España ha tenido en sus manos el reto de cambiar el sistema económico. De aplicar medidas brillantes para ser la punta de lanza de Europa. El Ministro Montoro, bien al contrario, simplemente se ha dedicado a esquilmar a las empresas. Comida para hoy, hambre para mañana. Él seguramente pensará, desde su retiro, que su época fue buena. Un político, de los de verdad, no debería gestionar su función en base a su día a día, sino al futuro. Y en ese caso el suspenso a Montoro es monumental.

El pasado olvidado de Montoro

Quizás el Ministro olvida su pasado. Y un político puede olvidar todo, menos su pasado. Según se explica, cuando su familia se trasladó a Madrid en 1965 el empresario vasco para el que trabajaban les compró un piso en propiedad en el Paseo de Extremadura –un cuarto sin ascensor y sin calefacción– que le fueron devolviendo poco a poco con sus ingresos. Ahora eso sería inviable. El empresario que hiciera eso sería sableado por los hombres de Montoro, el trabajador sería fusilado con nuevos impuestos, su piso tratado como una donación,... 

Y como conclusión, lo triste es que sin ese piso, sin esa seguridad, sin ese techo digno, seguramente Cristóbal Montoro no sería Ministro. Seguramente no habría podido ni estudiar. Y ese es el gran problema. Las políticas de Montoro sirven sólo para el día a día, pero exterminan la clase media del futuro. El Ministro quizás debería dejar por un día las cazas de brujas y pensar realmente que su Ministerio debe estar para ayudar a los ciudadanos a hacer un país mejor, no para fusilarlos cada atardecer como si él no tuviera pasado. Tener un origen humilde, como alardea el Ministro, no vale para nada si luego lo ignoras.

Muchos empresarios duermen en la calle para saciar el ansia de Montoro. Otros deben refinanciar deudas, apurar ahorros. Y ven cómo más de la mitad de su trabajo cae en manos del Ministro. Pero para entender eso Montoro debería haber pagado alguna nómina en su vida. La teoría esta bien, pero la teoría obsesiva como la del Ministro es un augurio de mal futuro. Que piense Montoro qué hubiera sido de su vida si el Ministro de Franco de aquella época hubiera actuado como haría él contra el empresario que done hoy un piso a un trabajador, como le paso a su padre en los 60. Simplemente Ministro reflexione en su despacho. Verá que hemos ido para atrás. Uno nace humilde pero debe demostrar en el día a día su humildad.

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