¿Tienes los colmillos largos?

Cuando yo era pequeña los vecinos se conocían en las ciudades. Las familias compartían casas porque no podían permitirse vivir cada uno a su aire en casas distintas. Los barrios eran lugares de juego, ayuda mutua y también --¡cómo no!— competiciones y cotilleos. Era mucho más difícil para una banda organizada de mafiosos internacionales entrar, robar y coger un avión de vuelta a su país.

Pero en estos treinta años nos hemos vuelto ariscos e individualistas en nuestras ciudades. Está de moda ser independiente y ambicioso en una sociedad que compite a toda costa por destacar, triunfar o hacerse famoso. Es la sociedad de los conseguidores, donde quienes más manipulan y más se empeñan en lograr sus propios objetivos egoístas, acaban triunfando. Está de moda el colmillo largo.

Y claro, en un parque donde nadie se interesa por nadie y todos hablan por el móvil o se encierran en sus tabletas, está tirado robar perros, como publicaron estos días en El Mundo. Porque no destaca una furgoneta nueva o un coche desconocido. Tampoco se moviliza nadie para detener a los sofisticados compinches que levantan a tu perro del suelo y salen corriendo con él. En un segundo de individualismo te quedas sin mascota y sin todo lo que representaba para ti. Y lo peor, el animalito queda condenado a ser carne de cría masiva o de sangrientas peleas de perros.

Es lo mismo que ocurre desde hace años con los robos de cobre en las vías de tren y tendidos eléctricos, las setas de los montes españoles, las campanas de pueblos perdidos en Galicia, el negocio de las limosnas en el centro de las ciudades. Incluso los botes de basura y reciclado son ahora objeto de grupos organizados que desplazan sin piedad a los cuatro pobres autóctonos del barrio. Nacen y crecen mafias organizadas que van poco a poco robando lo que queda en los espacios de vacío que hemos dejado descuidados u olvidados.  

Cuando una sociedad permite que los conseguidores arrebaten sus coronas mediante tácticas aprovechadas, poco transparentes y hasta corruptas, se rompe la confianza que cimenta nuestra humanidad. La confianza que genera afecto, preocupación mutua, apoyo solidario e intercambios de favores desinteresados se va retirando como las encías en la boca, indefensas frente al ataque invasor de bacterias que van dejando nuestros dientes al descubierto, milímetro a milímetro de año en año. Colmillos cada vez más largos.

El individualismo, el conseguidismo y el egoísmo financia y apoya el trabajo de las mafias invasoras. Destroza el delicado tejido blandito y gozoso de sentimientos que nos unen a los demás. Inhibe nuestros instintos de solidaridad y nuestro sentido de pertenencia a un grupo de personas que nos quiere, discute con nosotros y nos apoya. Suelta bombas sobre nuestra seguridad. Física, moral y financiera.  

Que las mafias puedan operar en la dark net, la internet ilegal donde nadie los ve porque no hay luz, es preocupante. Pero que puedan hacerlo impunemente a pleno luz del día en la plaza del pueblo y el parque del barrio es sangrante. Que nos dejemos robar así es de idiotas. Se lo ponemos tan fácil. Se lo castigamos tan poco. Nos sentimos tan solos y vulnerables frente a su acecho creciente. ¡Como si se nos hubiesen caído los dientes!

Este es el coste de nuestras ambiciones y nuestros conseguidismos. Se nos retiran las encías. Se nos reseca la emoción. Acuérdate la próxima vez que no tengas tiempo de intercambiar unas palabras con el vecino. O que te quedes mudo e inmóvil ante el atropello flagrante de un conseguidor. Si te quedas sin encías, te quedarás sin dientes para morder. Sin vecinos, todo lo tuyo será carne de buitres mafiosos.

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