No Pain No Gain, Spain

Los emigrantes siempre acaban volviendo a casa. A veces tardan lustros,  o meses. Yo tengo la suerte de poder volver en varias ocasiones al año. Es un privilegio impagable poder ver muy a menudo a mis padres aunque desde hace muchos años esté a miles de kilómetros de ellos. En estas fechas aprovecho la excusa del retorno mensual para hacer un buen uso del lacón con grelos de mi madre, al mismo tiempo que mi padre procede a abrir la segunda botella de albariño. Entonces le pido que me cuente otra vez la historia de mi tatarabuelo, aquel gallego que con sólo 14 años de edad emigró a finales del siglo XIX a la lejana Cuba. Quiero contaros esa historia. Al final, otra artimaña gallega para que estéis obligados a leer lo que está por el medio y que no es ni mucho menos tan interesante como la historia de mi tatarabuelo.

Si vas a Roma, compórtate como un romano… sabio consejo que debemos aplicar allí donde vamos. Me gusta enfrascarme en las noticias locales de aquel lejano país donde me voy a dejar caer. Aunque ya no sea la primera vez que aparezco por esas latitudes. Los países son como las personas, cambian más de lo que parece. No solo lo hacen en sus modelos económicos o estrategias políticas. El Make America Great Again de las últimas semanas puede valer como claro ejemplo demostrativo. Pero aún mucho más importante es el enfrascarse en la cultura y modos de comportamiento. Eso ya no lo considero algo corporativo, es algo mucho más profundo, es el respeto hacia tus anfitriones…

Al mismo tiempo de ser un emigrante galaico-español soy un inmigrante en decenas de otros países. Para conseguir que te respeten como inmigrante, debes de conocer obligatoriamente su cultura y costumbres. Esto puede parecer una afirmación irrefutable y una solemne obviedad, pero de la teoría a la práctica hay un mundo. Aquí es sencillo pensar en el caso de nuestro país, donde cada vez que vuelvo veo esa influencia de la inmigración. Aunque yo prefiero llamarlo influencia de la globalización. Una globalización que considero positiva siempre y cuando se cumplan los requisitos antes mencionados de respeto y conocimiento de la cultura y costumbres de tus anfitriones. Pero hoy no quiero profundizar mucho sobre esto, porque ya tenéis bastante demagogia que leer, discrepar y opinar con el tío Donald ametrallando Executive orders desde la Casa Blanca.

Y digo esto porque desde que llegué a España no paro de escuchar quejas sobre nuestra sanidad publica. O sobre lo mucho que tardara en llegar el AVE a Redondela - Pontevedra - o la última de Mr. Trump como si realmente fuera nuestro Primer Ministro. No es que quiera escapar de la realidad global y al axioma no escrito de que el aleteo de una mariposa en Washington puede provocar una tormenta en Ho-Chi-Min, pero este país, del que tuve que emigrar hace muchos años, creo tiene muchos más valores y personalidad que todo eso. Nuestros tatarabuelos fliparían con el pedazo de país que tenemos hoy en día, con nuestros pequeños errores y nuestros grandes aciertos, sin olvidarnos de todo lo que aún podemos mejorar.

Podría preguntarle a un ciudadano de Asia qué tipo de infraestructuras tienen, preguntarle a los compatriotas de Mickey Mouse qué sanidad pública tiene un desempleado de Oklahoma o si existe el tren de alta velocidad de Los Angeles a San Francisco. También preguntar a nuestros colegas europeos por qué quieren venirse a vivir a donde los Iberos del sur y por qué muchos, billones de personas repartidas por todo el planeta, billones con B sajona, envidian esa forma de ver la vida y el Spanish way of life. Tengo la suerte de tener amigos en más de cien países y digo sin ningún cinismo ni acritud que nos tienen envidia, una sana envidia, la misma que tengo yo de todas y cada una de las maravillosas culturas que ellos representan en este mundo en el que todos somos un poco inmigrantes.

Mi tatarabuelo, como otros muchos de nuestros ancestros, emigró e inmigró hacia otros países. Con sólo 14 años y cero oportunidades en la España de finales del Siglo XIX, se marchó con el único equipaje de una carta de presentación manuscrita de su padre y la dirección de un amigo gallego de la familia. Allí se fue, no en un Airbus 380, sino en un carguero a vapor que tardaba tres semanas en cruzar el famoso charco. Desembarcó en Cuba y se dirigió a la casa de aquel lejano amigo de su padre con la única esperanza de conseguir su primer trabajo, llamó a la puerta, una mujer la abrió y mi tatarabuelo le preguntó por el amigo de su padre, al mismo tiempo que le daba aquella carta… La mujer la leyó, le miró con una sonrisa casi entrecortada y agachándose hacia aquel crío de 14 años le dijo: "Lo siento mucho, pero el amigo de tu padre… murió hace unas semanas…"

Esta historia siempre me hace recordar el sacrificio de nuestros padres, de nuestros abuelos, de todos los que les precedieron, de todo lo que tuvieron que luchar para estar donde estamos. Quejémonos menos y valoremos realmente lo mucho que tenemos y hemos conseguido como sociedad. Nuestros tatarabuelos se lo merecen, ellos lo dieron todo, absolutamente todo por nosotros, para poder estar donde hoy estamos… Sin sacrificio, no hay beneficio… No Pain No Gain, Spain.

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación y mostrarle publicidad y contenidos de su interés. Al continuar navegando, consideramos que acepta su uso. Más información