Los Estados (des) Unidos de Europa

Hoy no voy a hablar de Trump. Recuerdo una conversación con unos amigos norteamericanos hace más de 20 años (sí, ya sé que Canadá y México también son Norte América, pero también Reino Unido es Europa, ¿no?). Entonces, les decía complacido y optimista que el viejo continente (¡nunca mejor dicho!) parecía bien encaminado hacia unos Estados Unidos de Europa. A pesar de mi optimismo, también recuerdo tener algún momento de lucidez y realismo, reconociéndoles que posiblemente yo no vería esa Europa unida, pero que estaba convencido que mis hijos sí lo harían.

De esa opinión, y pasado unos años, hoy puedo reconocer que me equivoqué claramente en dos puntos y acerté en sólo uno. Vamos por partes. Primero, me equivoqué claramente en lo de tener hijos. En el siglo XXI ya no podemos masculinizar todo, así que debo reconocer mi error: Dios sólo me dio hijas (por cierto, eso daría para otro artículo y bien largo).  

Mi segundo gran error fue dar por asumido que mis “hijas” sí verían esos Estados Unidos de Europa. Viendo lo acontecido en estos últimos 20 años, pero sobre todo en los últimos cinco e incluso en el último año, está claro que ya no vamos bien encaminados. Me tacharán de pesimista, e incluso de mentir sobre los progresos realizados en Europa, pero honestamente ni soy pesimista ni reniego de los progresos realizados. Es más, de los progresos realizados que le pregunten a Irlanda o Grecia, incluso a España y, por supuesto, a los alemanes que ya están hasta el gorro de tener que pagar no sólo por la comida sino también por el IVA y la propina.

Lo que está pasando con los nacionalismos catalán, vasco o escocés, o el Brexit, o los problemas de Bélgica o hasta la Liga Norte es prueba de que estamos restando y no sumando. Para crear unos auténticos Estados Unidos de Europa con un sólo presidente para todos los ciudadanos (sea del estado que sea), y con una sóla bandera, se deben realizar muchos esfuerzos y sacrificar muchas cosas que ni los ciudadanos ni, sobre todo, los gobernantes están dispuestos a realizar. Habrá quien quiera justificar ese fracaso en el hecho de que en Europa no tenemos una sola lengua ni una sola cultura, como en EE.UU, pero, ¿acaso en España no están conviviendo cuatro - le pese a quien le pese-? Que haya un idioma común, como el inglés, no significa que no se puedan mantener las lenguas y culturas de otros estados o regiones. La excusa para una verdadera unión es siempre la misma: ¡tengo que defender los derechos de mis ciudadanos! Pero si todos “somos” europeos, tendremos que realizar esos sacrificios. Los países no han cedido ni un ápice de su poder ejecutivo. El poder fáctico sigue estando repartido de la misma manera, Alemania, Francia y Reino Unido, con Italia y España en un segundo plano. Y cuando se vaya el Reino Unido, se lo repartirán Alemania y Francia, puede que con Italia y, a lo mejor, hasta España (siempre y cuando no estemos en manos de los del puño. ¿No es curioso que a los del puño en alto les moleste los de la mano en alto, pero no consideren el suyo un gesto tan inaceptable y sectario como el otro? No veo a las personas normales y moderadas como tú y como yo, que solo quieren que el estado funcione, que las arcas del estado paguen las pensiones, que se cree trabajo, que haya una sanidad “sana” o un sistema educativo que perdure o que se proteja a los más desfavorecidos, haciendo gestitos ni levantando ni manos ni puños). Pero volviendo al tema, me pregunto, ¿dejaríamos que un alemán o un polaco fuera nuestro presidente común? ¿Cómo se escogería? ¿Por votación popular? ¿Como en EE.UU, a través de los electores que cada estado tiene en el Congreso en función de su población?

En definitiva, estamos a años luz de tener unos verdaderos Estados Unidos de Europa. Tan lejos estamos, que me temo que mis hijas ya no lo verán. Y para los que se preguntan sobre mi acierto, está claro: ¡yo no voy a vivirlo!! La consecuencia de esta “desunión” es que el viejo continente seguirá perdiendo fuelle frente al ¨Make America Great Again", frente a la China que juega al capitalismo con sus propias reglas, o frente a alguna que otra sorpresa de países emergentes, jóvenes y con ganas. Pero tranquilos que, al menos, podremos hablar en público “Celtic” o “Català” - o en “petit comité” como Aznar- mientras lloramos como niños lo que no supimos defender como hombres.

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