Crónicas Trumpistas: fin del mundo y formas impresentables

Siempre es bueno escribir sobre la última cacerolada de Donald Trump unos días después de haberse producido, sobre todo para alejarse del ruido y de los análisis viscerales que cualquier intervención presidencial provoca. En este caso, el anuncio de la retirada de los Estados Unidos del Acuerdo de París sobre el cambio climático, ha originado otro boom de reacciones globales que van desde los furibundos augurios de Apocalipsis ambientales hasta el indisimulado regocijo de los negacionistas del cambio climático, reconvertidos en forofos trumpistas. En suma, nada que no hayamos visto ya durante estos últimos meses; la desmesura del personaje así lo propicia.

Declaraciones en caliente

En primer lugar, es necesario matizar algunas poco prudentes declaraciones efectuadas en el calor del momento (como las del presidente de la Comisión Europea, señor Juncker) sobre el hecho de que Estados Unidos no podrá abandonar el acuerdo hasta 2020. Aunque las cláusulas del mismo establecen, en efecto, que no es posible enviar una carta de renuncia hasta noviembre de 2018 (a los tres años de su entrada en vigor) y que a partir de ahí debe computarse un año adicional, demasiados analistas y políticos han olvidado que para EEUU el Acuerdo de París es sólo eso, un acuerdo, sin categoría de tratado internacional, al haber sido aprobado vía orden ejecutiva sin ser formalmente ratificado por una mayoría de 2/3 del Senado, tal y como establece la Constitución (por cierto, así ha ocurrido con el 94% de los acuerdos internacionales norteamericanos desde Roosevelt). Bastaría con que Trump adujera esta circunstancia y enviara el acuerdo a la cámara alta, de mayoría republicana, para desbaratarlo. No obstante, ni siquiera ello sería necesario: no cumplir los compromisos acordados sería un camino más rápido, aunque inédito para los Estados Unidos y lleno de riesgos, más políticos que medioambientales. Por otra parte, ya existe un precedente similar: el abandono de Canadá de los Acuerdos de Kyoto en 2011. La memoria es corta.

Gráfico emisiones gas

 

 

El Armagedón será otro día

En este punto, merece la pena detenerse en la efectividad del acuerdo, destinado explícitamente a evitar una aceleración peligrosa del calentamiento global mediante una reducción drástica y concertada de las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera. No soy un experto en la materia ni pretendo analizar la veracidad, alcance y dimensión de los efectos de la actividad humana sobre el cambio climático. Sólo me cabe constatar que el consenso científico sobre el tema (superior al 90%) parece apabullante, y que a su vez dicho consenso es apasionadamente contestado por un irreductible sector de científicos, políticos y aficionados, que denuncian intereses económicos, interpretaciones espurias y alarmismos injustificados. No debemos olvidar que, aparte del eventual futuro de nuestro planeta, enormes sumas de dinero están en juego detrás de cada grupo de interés. Precisamente esta ha sido la principal razón aducida por Trump para denunciar el acuerdo: la imposición de “tremendamente onerosos” estándares medioambientales a las empresas y trabajadores norteamericanos, en lo que ha denominado “un acuerdo draconiano”.

Lo cierto es que los mimbres de París, que Obama presentó en su pomposo estilo habitual como “el momento en que finalmente decidimos salvar el planeta”, tampoco nos animan a desatar enormes entusiasmos climáticos. De los 197 países firmantes del acuerdo, 147 lo han ratificado hasta el momento, con ausencias tan notables como Rusia, Turquía o Irán. Tampoco lo han ratificado naciones como Holanda o el territorio de Groenlandia, aunque por otros motivos. De los 10.132 millones de dólares formalmente comprometidos para el Green Climate Fund (destinado a iniciativas medioambientales en los países más pobres), Estados Unidos decidió aportar nada menos que 3.000 millones y ya ha desembolsado 1.000. Le siguen, entre otros, Japón con algo menos de 700 millones abonados al tipo de cambio actual, Reino Unido (517), Suecia (460), Alemania (421), Francia (278). Canadá (124), Italia (112), Australia (97) y Noruega (95). España ha contribuido con algo más de… 2 millones de euros. Ya pueden adivinar las aportaciones económicas de grandes contaminadores como China (primer país del ranking en emisiones de CO2), India (cuarto) o Rusia (quinto). Cero patatero. Hay otras notables ausencias y contradicciones.

Por otra parte, la ejecución del acuerdo depende del cumplimiento voluntario de compromisos por parte de los países firmantes, que están sujetos a seguimiento, pero sin obligación legal ni mecanismo corrector o sancionador alguno. Esto es, podemos hallarnos de nuevo ante otro mercadillo donde se cambian cromos de emisiones, un foro en el que unos y otros se señalan acusatoriamente con el dedo, mientras en casa continúan regando con subvenciones a sus sectores e industrias más contaminantes. Cabe señalar que, en el caso de Kyoto, sí existían vínculos legales por parte de 37 países, de los cuales casi la mitad incumplieron. De las sanciones no se sabe nada. Una referencia a tener en cuenta a la hora de enjuiciar la actual situación.

Finalmente, las intenciones de Trump chocarán, como en otras iniciativas de su mandato, con la cruda realidad. El cambio hacia una economía con menor dependencia del carbón y de los combustibles fósiles en EEUU y en los países más desarrollados es imparable y se acelera gradualmente, impulsado no sólo por la acción política sino por las propias dinámicas de mercado. La tecnología nos lleva indefectiblemente a la generación abundante de energías limpias y eficientes, cada vez más demandadas por los ciudadanos. En el ámbito doméstico, numerosos estados y ciudades norteamericanos están ya totalmente implicados en su renovación medioambiental. El plan del presidente de revivir la industria del carbón tiene pocos visos de adquirir dimensiones relevantes, por la imposibilidad de competir con la revolución shale. De hecho, como apuntaba Dori Toribio, poco después de anunciar la cancelación del acuerdo más de 60 alcaldes y gobernadores de 10 estados de EEUU anunciaron que continuarían cumpliendo con el Acuerdo de París. Representan un quinto de la población y PIB del país y un 11% de las emisiones. Y otros les seguirán. Pese a los enormes contrastes existentes en el panorama energético global, la responsabilidad medioambiental ha llegado para quedarse, con acuerdo o sin él. El Armagedón puede esperar.

Pero, ¿qué ocurre con el resto del mundo?

Conferencia cambio climatico

Una mala señal

Siendo el posible impacto ambiental un factor importante pero relativo, el problema más grave de la decisión unilateral de abandonar el Acuerdo de París es de naturaleza claramente geopolítica. Significa una renuncia explícita (otra más) a liderar los asuntos globales de la mano de aliados, amigos y competidores, amistosos o no. No olvidemos el dato: 197 firmantes, 147 ratificaciones, un éxito de la acción multilateral que no debería dilapidarse a las primeras de cambio, y menos por quien se supone que encabeza el proceso. La condición de “líder del mundo libre” conlleva responsabilidades, algunas de ellas onerosas. ¿Está renunciando Estados Unidos a dicha condición? Si es así, se abren inquietantes puertas para acciones similares, anunciando un brumoso panorama internacional en el que cualquier nación puede echarse atrás en sus compromisos formales, y donde sin duda será más difícil conseguir grandes acuerdos. No es una buena noticia, y desde luego, no resulta el mejor camino para hacer “America Great Again”. Más bien lo contrario.

Las formas cuentan, y mucho. No niego que los Acuerdos de París puedan resultar muy imperfectos, ineficaces e incluso injustamente onerosos para EEUU. Pero si eres el presidente de la nación más poderosa del planeta, no hacen falta tuits ni bravuconerías unilaterales para defender los intereses de tu nación. No es necesario romper pactos cuya preparación, negociación y conclusión supusieron enormes esfuerzos de concertación internacional. Esos pactos pueden matizarse, modificarse, mejorarse y renegociarse sin necesidad de hacerlos explotar con bombas de testosterona. Es más, durante ese largo proceso de ajuste se pueden acabar incorporando naciones reticentes y dejar si cabe todavía más aislados a los recalcitrantes lobos solitarios del teatro geopolítico mundial.

Dicho esto, todavía está por ver que el anuncio del presidente se materialice en algo tangible. La legislatura se le está empezando a llenar de proclamas a medio hilvanar. En cualquier caso, es muy probable que muchos países sigan con sus compromisos medioambientales al margen de los EEUU, y puede que algunos impongan incluso restricciones a la importación de productos norteamericanos mediante tasas medioambientales, como ya ha ocurrido en el pasado. Insisto en lo apuntado: con o sin consenso científico sobre cambio climático, con Trump o sin él, el desarrollo de políticas responsables con el medio ambiente, orientadas hacia un menor impacto de la actividad humana sobre la naturaleza, es ya imparable. Por sensatez, por lógica tecnológica y económica, por responsabilidad personal y social y también, por qué no, por puro sentido de la supervivencia humana.

Never surrender, queridos lectores.

 

 

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